viernes, 3 de diciembre de 2010

Final

Las personas generalmente se van de la misma forma que vienen: con el cariño de sus seres queridos. Es parte natural de la vida, y como tal hay que asumir que una pérdida, aun irreversible, es un acontecimiento que tarde o temprano nos sucede a todos. Nuestro deber ético es asegurar que la transformación se produce en las circunstancias más humanamente sobrellevaderas posible para el afectado, pero también para esos seres queridos.
Yo sé lo que es perder a alguien muy próximo para uno mismo. Sé el dolor que es, a veces demasiado superior para ser expresado con lágrimas. Soy consciente de que, incluso habiendo pasado años, se eche de menos el tacto de su mano, las conversaciones, escuchando su voz, las discusiones y enfrentamientos que se resuelven. La pérdida es inevitable.
Sin embargo, la memoria de ese ser querido que se va perdura. Y es algo que, aun difuminado con el tiempo, no se va. Es una marca (hay quien lo ve como una cicatriz) indeleble que nos recuerda todo lo bueno que has pasado con esa persona. Es preciso ver esa marca no como una fuente de dolor, sino como un suministro inagotable de morfina, un placebo con el que poder mirar al frente y seguir adelante con alegría hasta que a uno le toque el turno de realizar el mismo proceso.

Inés, sé que vas a leer esto. Mi más sincero pésame. Espero que esta entrada te mitigue un poco  lo mal que sé que estás pasándolo ahora mismo. Poco más puedo hacer, pero sabes que todo cuanto pueda será realizado.

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